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TRUMP: LA REVANCHA DE LOS WASP / ACTUALIDAD

 

Publicado el 21 de febrero de 2017 / 22.55 horas, en Bogotá D.C.

TRUMP: LA REVANCHA DE LOS WASP

Ha regresado el viejo sueño excluyente de los pioneros norteamericanos, esos que a partir del siglo XVII cruzaron el mar huyendo de la persecución religiosa, en particular la británica. Todos ellos radicales, mesiánicos y racistas, que en las nuevas tierras comenzaron a macerar la visión de un país y una manera de ver el mundo que siempre estuvo allí y que hizo de los Estados Unidos lo que ha sido y es.  Si se quiere saber lo que es el Destino Manifiesto, el porqué del Ku Klux Klan, el arrasamiento de los pueblos originales y la primacía de los grandes magnates del petróleo, el acero y los transportes, tanto como la obsesión sobre el éxito personal o el saqueo de los recursos naturales -sin miramientos por el equilibrio natural- primero se debe echar una mirada sobre esa mentalidad que tuvo un disparador de fanatismo religioso, aun cuando hoy esa manera de ser se expresa en la faceta secular moderna.  Eso es lo que carga Donald Trump, descendiente de alemanes protestantes, aunque sus predecesores familiares hayan renegado a sus ancestros y apellidos teutones, tal como lo hizo la monarquía inglesa, entre otros muchos conocidos. Todos ellos trazan de manera plena la mentalidad del “wasp* -incluido Theodore Roosevelt, insoslayable en la lista- que los pinta desde la cuna. Por lo tanto, todos ellos, son bien diferentes a la mentalidad católica que impera en Latinoamérica, para poner sólo un ejemplo que cierre el cuadro.

Hay en esa visión universalista un profundo desprecio por la pobreza y hay una mirada de desdén a la minusvalía social, que nace de la concepción calvinista en la cual la clave es la predestinación. En su desarrollo concreto el predestinado debe demostrar a través el esfuerzo propio -sin concesiones por fuera del propósito individual-  su capacidad para alcanzar el éxito, como resultado en la vida, que carga una señal divina: nada menos que el aviso de que será salvo más allá de su existencia por ese empeño y resultado positivo. Así como en la tierra al predestinado le es lícito disfrutar de los bienes materiales que ayudó a transformar y hacer circular por el valor de cambio. Tampoco hay en ellos tendencia hacia la comunidad como pueblo de Dios y de ayuda al desvalido, porque la caridad propia del cristianismo primitivo lleva el apoyo sin más al “menor de edad”, que soslaya el trabajo como factor de transformación y gana el cielo de una forma diferente al protestante.

Nada vale para el protestante la exaltación a la resignación, que opone la caridad a la filantropía y que apuesta por el sujeto -fuerte y exitoso- en lugar del grupo de ayuda mutua. La filantropía, a diferencia de la caridad, es el abrir oportunidades, pero rechazar el asistencialismo pues en este se pone al otro en situación receptiva y pasiva.  En esa misma línea, no puede haber espera de una recompensa entre sujetos débiles, pues el débil está condenado de antemano. Bajo ese criterio, no es difícil encontrar en la iconografía norteamericana, en particular la del cine, la figura despreciable de “perdedor” (losser) pues es ese el condenado que no puede con su propio esfuerzo superar su caída. Él mismo se condenó ante el “ojo que todo lo ve”, ese cuya imagen está incluso en sus billetes de dólar. El determinismo religioso de origen talla fuerte en esa posibilidad de estar parado frente al mundo con “voluntad de poder”, a despecho de las corrientes opuestas.

Tal voluntad de poder ya vista y analizada por Nietzche desde la filosofía y por Goethe desde la literatura, señalan que ganar es lo único moralmente posible y lo opuesto es mediocre y malo en lo axiológico. Desde la evocación del mandato religioso hasta la secular vida social contemporánea, es el producto de una virtud salvífica y nada puede oponerse a ese designio porque lo contrario es condenarse. Queda dicho que en ese empeño lo que sobresale es el esfuerzo individual sin ayudas externas e incluso en contra de todos. Es por eso que en la ya referida iconografía que muestra a los dinamizadores de esa cultura los verdaderos ídolos y próceres logran lo que se proponen para ellos y sus iguales con un esfuerzo supremo y contra el obstáculo imposible.

No puede extrañar entonces la repetición sin pausas de figuras emblemáticas como Rambo, la Mujer Maravilla, Superman en lucha contra el mundo y de aquello que se “opone a la libertad”. Es el individuo fuerte y no la comunidad débil la que “debe” triunfar contra la adversidad del mundo, ese es el mandato que viene del transfondo religioso que se expresa en la sociedad secular y como emblema implícito del desarrollo capitalista, del cual los Estados Unidos son uno de los principales exponentes históricos. Es cierto que ese despliegue ramplón por el mundo como punto nodal y mensaje a esta altura de la misma historia moderna, proyecta en la acción un tufo innegable de anacronismo y barbarie. Es cierto, pero negarlo como parte de una realidad y de una mentalidad, “triunfadora” con demasiada frecuencia, no hace más que empeorar las cosas.

En particular aquí, en América Latina, donde la arraigada mentalidad católica que determina incluso a los amplios sectores ideológicos defensores de los gruesos núcleos “débiles” de su población, tienden a demonizar al otro determinismo que prioriza la fortaleza individual y desconoce “lo bueno” que tiene el ser pobre y su conciencia de clase agregada **. Esa actitud o “voluntad de poder”, para decirlo en los términos con los que Nietzche construiría la descripción de esa forma de pensar, debe incluir la variable trabajo para completar el cuadro. El trabajo transformador ya referido y creativo individual y en conjunto con otros individuos que jamás renuncian a su individualidad diferenciadora, es visto como una virtud agradable a los ojos de Dios y exigida por la Divinidad para el protestante, en tanto que para el católico es un castigo, según la vindicta bíblica que repite “el negrito del Batey”.

Es por eso que los sectores extremos que apoyan a Donald Trump lo consideran como el representante y abanderado de aquellos que construyeron a los Estados Unidos, con inmigrantes o sin ellos, por esos que llegaron y se sumaron al empeño histórico adoptando los valores fundamentalistas del wasp y los impusieron de manera fundacional, y sin concesiones incluso contra sus padres europeos. Trump es la representación y el emblema de la revancha de la memoria de los fundadores ante lo que consideran un reblandecimiento de décadas de aquella axiología. Una inflexión que se habría iniciado bajo el mandato de Franklin Roosevelt y no tuvo pausas hasta el presente, con Barack Obama al final del ciclo de repliegue.  Resulta evidente que la reacción en contra y generalizada a la presencia del nuevo mandatario norteamericano ha sido mecánica y no tiene en cuenta esos precedentes que será necesario contabilizar ahora mismo, si la propuesta es la de negociar con “ese” Estados Unidos (aresprensa).

EL EDITOR

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* Blanco, anglosajón y protestante. 

** Para Eduardo Galeano en “Las Venas abiertas de américa latina”, la culpa del atraso regional la tienen siempre los otros, cualquiera sea la identidad que estos asuman y el origen que tengan.


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