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PAPELONES DEL OSCAR / LA PLATEA DE MAGLIO / CINE / A-P

Publicado el 08 de marzo de 2017 / 20.30 horas, en Bogotá D.C.

PAPELONES DEL OSCAR

Casi dos semanas atrás, durante la gala del Oscar, el azoramiento de esa leyenda llamada Warren Beatty al mirar una y otra vez el sobre fallido en el que se presumía que estaba el nombre de la película ganadora del gran premio, hizo olvidar por un momento que el papelón que se precipitó en esta premiación 89 no ha sido el único. Tampoco ha sido el más grave, aunque sí apareció como el de mayor escándalo porque ahora las tecnologías de la comunicación generan el que de manera inevitable muy pocas cosas puedan ocultarse. Porque eso de ocultar errores en los resultados ya ha sucedido, al igual que otros papelones en la hora de la verdad.  El traspié de Beatty y de su compañera en el momento del anuncio, Faye Dunaway -otra leyenda- lo convirtió en víctima de los otros, los que en verdad invirtieron los sobres y los papeles. El ápice del infortunio fue ese último minuto, apuntalado por los cambios que se dieron de manera precipitada y abrupta en el escenario. Pero tampoco fue lo único que se vio en la gala en materia de lunares y manchas. Hubo un ominoso agregado de mucho sesgo ideológico y tela para cortar por esa razón en lo que hace al pecado de mezclar política con arte, así nomás.  El New York Times, para nada cercano a Trump, enumeró en lista corta las inconsistencias históricas ocurridas en varias ceremonias del Oscar.

Escribe: Maglio GARAY

Es posible que pocos apuesten por las ideas del presidente Trump, salvo sus electores que no fueron pocos, pero de ahí a teñir esa entrega de galardones y luminarias como una reunión de comité político y racial, de cualquier paisillo del tercer mundo debería estar mediado por una medida de prudencia, que fue marginada con creces en esa versión de la entrega de los Oscar. Casi todo fue vergonzoso en esa noche, por donde se le mire, y no se ahorraron esfuerzos para embarrar la gala con la impugnación quizá justificada pero exagerada y fuera de lugar, que se hizo del mandatario norteamericano. Se batió en la larga ceremonia un coctel pesado y explosivo: el glamour, la política y la ideología alternativa. Tres elementos que le restaron mérito al mérito que se pretendía reconocer y que se forzaron al extremo, con intención de amarrar aquello que cuesta anudar. El resultado demeritó una gala sobre la que había otras y grandes expectativas. El demérito tuvo consecuencias simultáneas: la audiencia multitudinaria en el mundo e incluso en los Estados Unidos descendió un 4 por ciento, comparado con lo visto en emisiones anteriores durante la década, una cifra contundente

El porqué de esa inflexión bien puede tener razones visibles en lo apreciado y también en la repetición sin consideraciones, pero sí con intención de inflar más si se quiere, a figuras como Meryl Streep, una todo terreno que ya no puede impactar con el factor sorpresa ni en lo que hace ni en lo que dice que piensa. La ceremonia de esta edición 89 del Oscar fue ideada y balanceada para incomodar al presidente Trump, para lo que ya la Streep venía sobreactuada desde el Globo de Oro. Todos lo saben así y lo que dijo el presidente al respecto no fue una novedad. Una copia exacta de lo hecho por esa artista fue el lacrimal de presentación de la presidenta de la Academia como afrodescendiente. Al agrupar exhibiciones de trabajos de gran parte del mundo se aspiró a abofetear al presidente y su no negada actitud discriminatoria, pero ellos mismos excluyeron en esta edición al cine latino, que brilló por su ausencia en la secuencia que terminó en los galardones. Esa relación muestra de manera clara que lo ocurrido con Beatty no fue el único papelón

En lo que hace a la involuntaria y motivada gaffe -desde una errática organización- de Beatty es una simple acumulación que se suma a otros episodios similares y no menos graves en la larga historia del Oscar. Se trata de una relación de anomalías que alivian la culpa de quien fue un play boy de Hollywood, en los años 60, como lo es este actor que por el peso de los años ya dio un paso al costado, pero que en su tiempo fue la cara linda del cine, como lo es hoy por hoy un Leonardo di Caprio, un Ben Affleck o un George Clooney. La mayoría de esos hechos históricos tuvieron poca notoriedad o en definitiva fueron ocultados por quienes entre bambalinas mueven los hilos para otorgar los premios más notorios de la cinematografía mundial.  Tampoco es la primera vez que la política mete la mano hasta el codo en las definiciones cruciales o en las exclusiones intencionadas, que en nada favorecen el esquivo prestigio de las decisiones que toma la Academia en cada paso de su también larga historia, desde la fundación del premio, hecho para atenuar la mala fama de la vida en Hollywood. Pero eso es otra historia.

WARREN BEATTY
Circa 1965 2017
TIEMPO IMPLACABLE

El primer tropezón registrado fue para Luise Rainer, quien se llevó dos Oscar consecutivos como mejor actriz, en 1936 por “El Gran ziegfeld”, y en 1937 por “La Buena tierra”. Esa relación consecutiva fue razón para una de las primeras grandes controversias de Hollywood, nunca resueltas, pero que engalanaron la carrera de actriz alemana de origen judío, aunque ella declaró que alcanzar ese galardón fue lo “peor de la vida”. Rainer tuvo después apariciones esporádicas en el cine y la televisión hasta bien avanzado el siglo XX, falleciendo a los 104 años, en 2014. En tanto, lo hecho por Jack Palance en 1992 quedó para siempre bajo sospecha, cuando el actor como presentador que había ganado la estatuilla como mejor actor de reparto en el año anterior por “Cowboys de ciudad” -bajo evidente estado de alicoramiento- le dio el premio a mejor actriz secundaria a Marisa Tomei, que estaba nominada por “Mi Primo vinny” pero nadie creyó que tuviese opción, ni tampoco nadie quiso revisar si por error el recio actor -fallecido en 2006- había cometido una pifia que nunca se rectificó.

Mucho antes, en 1964, Sammy Davies Jr. había señalado en la edición 35 del premio dorado de Hollywood, que había alcanzado la estatuilla por la mejor banda musical, una película que ni siquiera estaba nominada y omitió que el lauro era para André Previn, por “Irma, la dulce”. Si bien en esa ocasión se rectificó y las cosas no pasaron a mayores ni tampoco nadie exigió sanciones, lo cierto es que no resulta difícil imaginar la ocurrencia de esos yerros que desde afuera aparecen como inexplicables, además de sugestivos. La tentación de teñir de política o inclinación étnica no solo la ceremonia sino todo el proceso de votación, hace más intrigantes las razones que motivan los errores -más allá de los tropiezos logísticos en macro y en micro, además de los de última hora- porque en definitiva surge la duda si esos tropiezos son simples inconsistencias, tonterías de funcionarios de mínimo rango o existen motivaciones cercanas al complot. De manera puntual, en lo que hace a la manera como se vota, basta un botón de muestra: Henry Fonda como elector nunca lo hizo y sí su esposa en su nombre.

Es por todo eso que esta edición del Oscar apareció aun más recargada de sospechas, por la repulsa e impugnación militante, desde lo político y étnico. Eso le hace demasiado daño al cine y también a la misma causa que defienden esos militantes, porque desvalorizan argumentos válidos que ellos se encargan de poner fuera de lugar. Esto por el simple hecho de ver que contra la violencia se ejerce otro tipo de violencia, tanto simbólica como material. Eso incluye a la exclusión de quienes no quieren ser militantes étnicos ni políticos. La ausencia de muchos artistas a la gala, no sólo la de Ashgar Farhadi por “El cliente”, pone bajo sospecha de sesgo a toda la secuencia de procesos que integran la entrega del premio, incluido el trabajo que ganó como mejor película. El galardón tanto a “Moonghlit”, como al excelente filme iraní parecen más el resultado de una balanza previamente inclinada por prejuicios contrapuestos y en pugna, que la idea de una elección transparente, como la que siempre debiera esperarse y donde coinciden tantos intereses históricos, objetivos y subjetivos. La propia presidente de la Academia, Cheryl Boone Isaacs, se encargó de embarrar la cancha y nublar la credibilidad de la organización que otorga el Oscar (aresprensa).


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