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CRÍMENES DE GUERRA EN MALVINAS / ACTUALIDAD

Publicado el 13 de junio de 2017 / 15.15 horas, en Bogotá D.C.

Una Gesta Inconclusa V

CRÍMENES DE GUERRA EN MALVINAS  

Pasaron 35 años desde esa madrugada del 2 de abril en que la infantería de marina argentina llegó a la capital del archipiélago malvinense para abrir operaciones terrestres e iniciar la recuperación de las islas, siempre reclamadas por el gobierno de Buenos Aires. Lo hacía desde 1833, cuando un buque de guerra británico desalojó al representante legítimo de la soberanía argentina, el gobernador Luis Vernet. La posición en el Atlántico sur sirvió de mucho a los británicos durante todo el siglo XIX y hasta los inicios del siglo pasado. En los alrededores y al iniciarse la primera guerra mundial, el apostadero naval de Malvinas permitió a la flota británica esperar a su similar alemana que venía desde el Pacífico y hundirla, con el almirante Maximilian Graf von Spee a bordo. Eso fue en diciembre de 1914. Pero mucho más le serviría hacia el futuro. El 14 junio de 1982 cesó la resistencia de la guarnición criolla en Puerto Argentino y se cerró la primera parte de la gesta que iniciaron las tropas del país sudamericano para su bandera sobre el Archipiélago

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA

En efecto, Malvinas le permite al Reino Unido mantener su evocación de imperio y, en representación de la Otan, hacer presencia en un sector del planeta que es gozne de confluencia entre las aguas del Atlántico y del Pacífico. En caso de un conflicto generalizado y ante la posibilidad de que Panamá deje de funcionar como vía de comunicación entre los dos océanos, vuelve a ser el Cabo  de Hornos y el estrecho al norte de la isla de Tierra del Fuego una vía franca y viable de paso entre ambos mundos, como lo fue a lo largo de la historia desde el cruce de Hernando de Magallanes, en 1520.  Además, y sobre todo, es una evidencia de la proyección sobre un futuro y probable aprovechamiento estratégico de la Antártida y de sus reservas de agua dulce, así como también de recursos vitales para la humanidad, por ahora en sus hielos y áreas adyacentes, tanto como de la zona continental cercana y de contexto  general. Nada menos.

Aunque es todavía más, con su base militar estratégica construida luego del enfrentamiento armado con la Argentina, Gran Bretaña se ha convertido en una amenaza no solo contra el país que reclama soberanía sobre las islas en disputa sino sobre toda Sudamérica, puesto que la proyección es geopolítica sobre toda la región, aunque la zona en riesgo inmediato es la Patagonia, tanto la argentina como la chilena, para el caso de que la situación en Medio Oriente se torne insostenible para el estado de Israel y los intereses de Occidente.  Es por eso que los países  de esta región comprometidos de manera directa en la siempre tensa superficie del Atlántico Sur, deben estar en vigilancia permanente ante los cambios recientes y los acechantes en el panorama internacional. Tanto como para no bajar la guardia frente a las amenazas del terrorismo internacional y las tensiones entre los estados, que pueden comprometer los frágiles equilibrios sobre todo en Europa, como también de los poderes emergentes que hoy se disputan influencia mundial.

Lo que ocurre en esa región del Cono Sur tanto como acontece hoy en el Caribe, les interesa a todos los latinoamericanos aunque por ahora parezca lo contrario. No puede pasar inadvertida, por ejemplo, la ola continuada de chismes de internet que señalan que los mapuches del sur chileno serían en realidad una de las “tribus perdidas” de Israel, una tendencia surgida de una fuente bizarra y no identificable, pero sin embargo para nada extraña dado que el propio Colón dijo que los naturales americanos eran israelitas. Ese pueblo ancestral austral, que siempre se ha mantenido en rebeldía y fue inexpugnable en el pasado de la Patagonia chilena -desde tiempos inmemoriales- se encuentra en estado de conmoción constante y el gobierno austral no acierta aún a un acuerdo y solución que les dé respuesta a sus demandas, sean justas o desmedidas. Es por todo eso que la potencia europea que de manera ilegítima aún detenta soberanía sobre el archipiélago malvinense no dudó incluso en acudir a los crímenes de guerra para mantener las islas en su poder.

Eso fue lo que hicieron en su enfrentamiento con las fuerzas argentinas, entre mayo y junio de 1982. El hundimiento del crucero de instrucción General Belgrano, por orden directa de Margaret Thatcher, es tan solo una evidencia al respecto. El buque cargado de cadetes se alejaba de la zona de enfrentamiento en la jornada del hundimiento -2 de mayo de 1982- y estaba por fuera de la “zona de exclusión” decretada por Londres. Ese gobierno lo sabía. El ataque fue similar al que se hubiese podido perpetrar contra un buque hospital, pues la nave no tenía intención de entrar en combate, se apartaba del área y por lo tanto no era un blanco de guerra necesario. La aviación argentina se cobró con creces el hecho bárbaro, pero no fue suficiente para impedir la repetición de los crímenes de guerra, esta vez sobre las tropas en terreno. En especial durante el asedio sobre la capital en los últimos días de feroces combates, cuando los británicos debieron enfrentar la bravura de sus adversarios conscriptos y los mandos inmediatos -ya lo habían hecho antes en Goose Green-  que diezmaban a las tropas británicas.

Después llegaron los fusilamientos sobre los vencidos en el campo de batalla. Esos fueron crímenes de guerra, sin atenuantes y en flagrancia. Una buen parte de los asesinatos fueron perpetrados por los paracaidistas del 2do. y 3er. batallón, además de la llamada Guardia Escocesa, quienes se enfrentaron a los soldados rioplatenses en los montes Tumbledown y Longdon, en las inmediaciones de la capital malvinense en la noche del 13 al 14 de junio. También los comandos heridos del batallón 601 fueron baleados yacentes en  el suelo, en el monte Dos Hermanas, por parte de una subunidad del SAS. Lo que no impidió que un fusilado sobreviviente, el teniente Jorge Visozo Posse, pudiese responder con sus armas y golpear a la columna de criminales de guerra, luego aniquilados por fuego de artillería argentina sobre el mismo campo de acción.

Una parte importante de los uniformados ingleses no solo violaron las leyes de la guerra en esas ocasiones, también se conocen los actos perversos de un suboficial paracaidista, al cortar orejas de soldados argentinos fuera de combate o muertos, no obstante que el mismo sádico murió en las operaciones. Las autoridades británicas le negaron con toda razón al cabo Stewart McLaughlin los homenajes que hubiese recibido si hubiese sido un soldado honorable, caído en acción. Es también recordado como un criminal de guerra, el teniente Robert Lawrence, por matar prisioneros rendidos y en estado de indefensión. No puede extrañar a nadie que los ingleses que vocean a todo el planeta su puntillosidad en defensa del derecho, hagan lo contrario en los hechos. Eso lo saben los irlandeses a lo largo de su traumática historia colectiva de enfrentamiento con los anglos, lo saben  los chinos a quienes degradaron con el comercio del opio y a través de la conocida guerra de los boxers”.

También lo supieron los afrikáneres sudafricanos en las guerras de los Bóeres y otro tanto los alemanes, que sufrieron bombardeos totales en la Segunda Guerra Mundial, con fósforo sobre la población civil, no por error sino con la intención precisa de masacrar a los civiles. El asesinato extenso o selectivo es una de las mejores tradiciones inglesas en la guerra, a lo largo de su historia. Pero también hubo actos nobles hacia el vencido herido o prisionero, como le ocurrió en el monte Harriet al cabo primero Roberto Baruzzo, del Ejército Argentino, así como a no pocos soldados, oficiales y suboficiales que cayeron cautivos después de los combates. Al margen de esto y en la linea de la coherencia histórica trazada no puede extrañar que Margaret Thatcher se hiciese llevar a las cárceles donde los presos irlandeses morían en huelga de hambre, para observar impávida los decesos. Tampoco que tanto Winston Churchill como el mariscal del aire Arthur Harris recibiesen el apodo de “carniceros” por la obra mortal con fósforo sobre Alemania, entre otros méritos propios de criminales de guerra (aresprensa).


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