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COLOMBIA-VENEZUELA: RIESGO DE CHOQUE / LA TERCERA OREJA / ACTUALIDAD

 Aquello que se escucha aunque se diga en voz baja 

(El chisme no es la verdad, pero sus elementos implícitos pueden ayudar a reconstruirla)

Esta sección le debe su nombre a un famoso programa radial de misterio que se emitía en Chile por los años 60. Esa es única deuda que tenemos con la prestigiosa radiofonía chilena. Hecho el ajuste de cuentas, debe decirse que, aquí, el espacio está destinado a la picaresca que disuelve nuestra seria política editorial. El único misterio es el propio que encierra todo chisme.


  • Todos los hongos son comestibles, algunos lo son por una única vez.

COLOMBIA-VENEZUELA: RIESGO DE CHOQUE

Las contradicciones ideológicas y políticas entre los dos países sudamericanos que comparten costa sobre el Caribe por momentos parecen agudizarse después de la firma del acuerdo entre las Farc y el gobierno de  Bogotá. Ya la pugna que tiene un trasfondo histórico y geopolítico aflora de manera descarnada luego de que el gobierno de Juan Manuel Santos se enlistó de manera abierta con otros países de la región que reclaman por la deriva que tomó el gobierno de Caracas. Eso en lo que hace a la profundización de su proceso hacia el establecimiento de una dictadura filomarxista. Esto último a través del ahogo en represión de la corriente de opinión que manifiesta en contra de Miraflores, en las calles del país petrolero. No se descarta, en fuentes autorizadas de Bogotá, que si el gobierno venezolano consolida la dictadura y esto determina el aplastamiento de los últimos atisbos de democracia real en el país, tarde o temprano se produciría un choque en las fronteras, de imprevisibles consecuencias para el futuro de los dos estados y del resto de la región.

La sumatoria de hechos alarmantes en esa dirección recuerda antecedentes continuados y de grave riesgo. Al menos cuatro provocaciones con delicado contenido han ocurrido en la última década y nada indica que esos hechos no vuelvan a ocurrir. Los hitos negros se han reforzados con otros graves incidentes a lo largo de la historia reciente, como por ejemplo los deslices verbales y de acción que desde Caracas se lanzan con frecuencia sobre la honra, dignidad e incluso intereses materiales de sus vecinos, no sólo contra las autoridades colombianas sino contra su pueblo. El cierre de los pasos fronterizos golpeó hace pocos meses a las familias, el  comercio y los intercambios tradicionales en un límite binacional siempre agitado. Eso sí, ni el narcotráfico ni los ilegales armados protegidos o al menos tolerados por Caracas, tuvieron jamás impedimiento de entrar o salir del feudo bolivariano.

Otro elemento que se suma a los fundamentales en la urticante actitud a la ofensiva que tiene a Miraflores como un jugador fuerte, es el de las deudas de Venezuela con los exportadores colombianos, desde tiempos en que aquel país era socio comercial de primera línea para acceder a los productos colombianos. La crisis económica y social que hunde y fractura a Venezuela interrumpió las buenas relaciones, al tiempo que Venezuela dejó de pagar y Colombia dejó de vender. Eso le produjo un severo deterioro en las cuentas al pródigo proveedor, no solo a los grandes industriales de la alimentación en el país que vendía sino también a empresas frágiles, con estructura familiar y una marcada precariedad estructural, como lo es una buena parte de pequeñas empresas del cuero y el calzado, que afectó de manera grave los talleres de la zona oriental del país, con centro en Bucaramanga y Cúcuta.

La alteración de mapas y relatos educativos en contra de Colombia también sensibilizan el ambiente. La constitución venezolana, algunos de sus programas de formación en el plano de la escuela primaria y secundaria y el mismo discurso implícito o abierto de las autoridades -incluso las anteriores al chavismo- aluden a la presunción de potenciales reivindicaciones territoriales. Ocurre que la emotividad al respecto se ha reforzado durante la etapa bolivariana y en ese marco deben incluirse las provocaciones cíclicas ocurridas en esta última etapa de relaciones entre los dos países, en la cual los denominadores comunes han sido los altibajos y la tensión. La condición de “nuevos mejores amigos”, que alguna vez hizo flamear con subordinación el presidente Juan Manuel Santos, no evitó las mojadas de oreja que devolvió Miraflores, mientras que en paralelo Venezuela era protagonista en el proceso de paz con las Farc, estas últimas constantes y fieles aliadas de los desvaríos venezolanos.

En términos evidentes, hubo en la última década al menos cuatro protuberantes incidentes que fueron asimilados con prudencia -para decirlo de alguna manera- por parte de Bogotá, pero nada se garantiza hacia  el futuro inmediato. Esos incidentes fueron los siguientes:

En la jornada electoral colombiana del 14 de marzo de 2010, entre los numerosos ataques cibernéticos que se lanzaron contra las plataformas que controlaban el proceso que garantiza el sufragio popular, una parte de ellos surgió de Caracas. Hubo informaciones oficiales en Bogotá que pretendieron atenuar la gravedad de esas circunstancias, pero expertos señalaron en confidencia que lo ocurrido fue “un acto de guerra”.  

A principios de noviembre de 2013, dos bombarderos rusos TU-160 de tecnología avanzada sobrevolaron sin permiso el espacio aéreo colombiano en ruta Managua-Caracas. Fueron interceptados por aviones caza del país sudamericano y la diplomacia le quitó potencia al rechazo por el desafío, que comprometía no solo a Rusia, sino además a Venezuela y Nicaragua.

Tres años después, en octubre de 2016, un vuelo comercial de la aerolínea Avianca que cubría la ruta Madrid-Bogotá, fue hostigado por un caza venezolano mientras volaba en el tramo final de su recorrido sobre cielos venezolanos. El presidente Santos le echó agua fría al incidente, de gravedad inusitada, el cual produjo en su momento la interrupción parcial de las rutas hacia o sobre Venezuela, por parte de la aerolínea damnificada.  

Al finalizar marzo del corriente año un contingente de soldados venezolanos cruzó el fronterizo río Arauca, montó campamento e izó la bandera en lo que de manera clara es el territorio del estado cafetero. Fueron rodeados por tropas del ejército local que acudieron al lugar y los invasores abandonaron la zona de manera pacífica, después de que los canales diplomáticos y las cancillerías volvieron a intervenir, tal como lo hicieron en las anteriores ocasiones y luego de un fuerte cruce telefónico entre los presidentes.

La estrategia militar que estudia riesgos y amenazas, centralizada en Bogotá, ha señalado que un enfrentamiento entre ambos países no superaría los tres días, una semana como máximo, con saldo negativo para Colombia. En reciente reunión reservada entre integrantes del poder legislativo y la canciller María Ángela Holguín, se atinó a dibujar un pronóstico similar. Colombia tiene un solido pie de fuerza en número, actualmente en proceso de drástica  reducción -que incluye los presupuestos- dado que se supone que el acuerdo de paz  con las Farc disuelve las amenazas sobre el país en términos significativos. Se pasa por alto que una confrontación interna como la que sostuvo sociedad colombiana con la principal organización armada ilegal, no aparta todas las acechanzas tanto internas como en lo inmediato de sus fronteras. Tampoco se espera que los Estados Unidos acudan en auxilio de Colombia, en caso de confrontación externa.

Lo anterior, no obstante lo desafiante de la postura venezolana y lo estructural  de su crisis interior que podría empujar al acosado gobierno de Nicolás Maduro a una aventura de imprevisibles consecuencias. Quienes en Colombia son responsables de mantener las alertas y el trazado de estrategias frente a la amenaza cercana han planteado diversas líneas de  acción preventiva y disuasiva. Una de ellas alude a la antigua ley norteamericana de  “préstamo y arrendamiento” que surgió en la Segunda Guerra Mundial para apoyar a países aliados. Esto con el fin de acceder a equipo blindado  y capacidad tanto aérea como tecnológica, que hoy es asimétrica frente a la potencialidad venezolana. En el marco de una reducción drástica de la destinación de recursos al músculo militar y la gradual aunque rápida transformación de la fuerza armada colombiana a una “gendarmería”, más o menos preparada, se plantean alternativas de emergencia.

Aquellos que saben del espesor de la amenazante sombra han esbozado la posibilidad de que con lo que quede de fuerza se podrían constituir dos divisiones de despliegue rápido -unos 30 mil hombres- con alto entrenamiento y equipo. En  tanto, otros 90 mil pasarían a constituir la aludida gendarmería *, la cual sería en realidad una suerte de guardia nacional cualificada. Los 120 mil restantes que faltan en la suma -equiparables en número parcial al total de efectivos aún vigente- pasarían a constituir una reserva activa, con obligaciones militares delimitadas de entrenamiento y actualización, así como también con un tiempo mínimo de convocatorias anuales o mensuales, como existe en otros lugares del mundo. Lo cierto es que está en marcha el adelgazamiento de la capacidad de respuesta militar disuasiva frente a las acechanzas y hasta hoy no ha habido argumento posible para que la clase dirigente colombiana -eso incluye al gobierno- entienda lo peligroso que es dejar a Colombia en condición de bocado fácil (aresprensa).

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* El término es un galicismo que en términos literales significa “la fuerza armada de la gente”. Es el equivalente a una policía militarizada y en países como la Argentina es utilizada como guardia de fronteras o para intervenir en casos de grave conmoción interior


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